18 - abril - 2023
Cuando Einstein decidió que iba a morir y por qué su cerebro terminó escondido en una caja de sidra
Murió el 18 de abril de 1955, a los 76 años, y luego de dejar instrucciones precisas para el después: no quería funeral, ni tumba, ni monumento. Quiso ser cremado y que se mantuviera en secreto el destino de sus cenizas, parala gente no pudiera ir “ a adorar mis huesos”. Pero su último deseo no se cumplió: luego de la autopsia, alguien robó su cerebro
Albert Einstein murió el 18 de abril de 1955, a los 76 años, y luego de dejar instrucciones precisas para el después: no quería funeral, ni tumba, ni monumento (Bettmann Archive)
Cuando vio llegar a la muerte, la abrazó. A él, ese oscuro personaje no iba a engañarlo. La esperaba. Dos años antes había escrito una carta a la reina madre de Bélgica: “Es curioso, pero cuando nos vamos haciendo viejos vamos perdiendo la íntima identificación con el aquí y el ahora; nos sentimos trasladados al infinito, más o menos solitarios, sin esperanza ni miedo, como meros observadores”.
Ahora, Albert Einstein yacía en una cama del hospital de Princeton, en cuya Universidad había desgranado los últimos años de su talento. Lo había derrumbado un aneurisma de aorta abdominal, había sido operado en 1948, y se negó a volver al quirófano. “Quiero irme cuando quiero. Es de mal gusto prolongar artificialmente la vida. Hice mi parte. Es hora de irse. Y lo haré con elegancia”.
Quiso saber si su fin iba a ser doloroso. Él, que lo había avizorado todo, desde el pasado hasta el futuro del Universo, estaba desvalido frente a esa cruel enemiga. Sus hijos lo encontraron desfigurado por el dolor y por la palidez de la muerte inminente.
Le asustaba, o temía que no es lo mismo, el dolor físico. Y los médicos no supieron qué decirle. En todo lo demás, Einstein estaba tranquilo. Nueve meses antes había escrito: “Es muy frecuente que los hombres piensen con terror en la muerte. Es uno de los medios de que se sirve la naturaleza para conservar la vida de la especia. Desde un punto de vista racional, este terror no tiene justificación, pues quien haya muerto o no haya nacido todavía, no puede padecer ningún accidente. En pocas palabras, es un terror estúpido, pero inevitable.”

Pese al deseo de Einstein de ser cremado, y lo fue, su cerebro se mantuvo intacto. Se apropió de él Thomas Harvey, el patólogo encargado de la autopsia: lo extrajo, se lo guardó sin que la familia Einstein, ni nadie, lo supiese, lo metió en un recipiente plástico con formol (Michael Brennan/Getty Images)
Murió el 18 de abril de 1955, hace hoy sesenta y ocho años, a los setenta y seis años y luego de dejar instrucciones precisas para el después: no quería funeral, ni tumba, ni monumento. Quiso ser cremado y que se mantuviera en secreto el destino de sus cenizas, para que ningún lugar del mundo pudiera convertirse en un relicario al que la gente “vaya a adorar mis huesos”. Conocía al ser humano y también temía esa dudosa cualidad que tiende a la adoración, a la idolatría facilonga, al éxtasis contemplativo. No estaba muy equivocado.
Pese a su deseo de ser cremado, y lo fue, su cerebro se mantuvo intacto. Se apropió de él Thomas Harvey, el patólogo encargado de la autopsia: lo extrajo, se lo guardó sin que la familia Einstein, ni nadie, lo supiese, lo metió en un recipiente plástico con formol, lo cortó en láminas, lo fotografió hasta el cansancio en busca de la cualidad que había hecho a su dueño un amo del universo y disfrazó todo de un acto en favor de la ciencia. Por fin se iba a saber qué tenía Einstein en la cabeza.

Albert Einstein cerca de sus 8 años junto a su hermana Maja. Tardó mucho en aprender a hablar y los padres pensaron en algún retraso mental de su hijo mayor (Bettmann Archive)
Es probable, casi seguro, que Harvey estuviese como un cencerro, pero su interrogante era el mismo que había signado la infancia del genio. Su familia también quiso saber siempre qué tenía en la cabeza aquel chico. Albert tardó mucho en aprender a hablar y los padres pensaron en algún retraso mental. A lo mejor, el chico pensaba y nada más: “As… Así que éste es el mundo… Qué se podrá hacer con él…” Eso es muy común en los chicos. Pero la familia le sacudió la pasión por la música, en especial su madre y por el violín; un tío ingeniero le acercó libros de ciencias, un amigo de la familia, médico, le llevaba libros y revistas científicas para que mirara las ilustraciones. Al final, todo un símbolo, cuando aprendió a decir las primeras palabras, pasados sus tres años, cayó enfermo y pasó varios días en cama. Su padre le acercó un entretenimiento: una brújula y Einstein diría más tarde que aquella aguja que siempre apuntaba al mismo sitio sin estar atada a nada, lo fascinó. Y así fue cómo empezó a interesarse en el fenómeno del magnetismo.
Después armó la que armó: reveló al mundo los orígenes, el desarrollo y el futuro del Universo; elaboró la teoría de la relatividad especial y de la relatividad general, predijo los agujeros negros y reveló la emisión de electrones que se produce cuando la luz incide, en determinadas condiciones, sobre una superficie determinada. Por eso le dieron el Nobel de Física en 1921. Para explicarlo más simple: cada vez que cruzamos una célula fotoeléctrica y se abre una puerta ante nosotros, honramos a Einstein y a sus revelaciones.

Einstein dedujo un Universo en el que tiempo, espacio, masa, energía y luz eran casi una sola cosa. Pero mientras los primeros cuatro elementos eran elásticos, por así decirlo, mutables y hasta impredecibles, lo único constante era la velocidad de la luz (Bettmann Archive)
Por eso Harvey, perdón por la insistencia pero el tipo estaba como una puerta giratoria, quería saber qué tenía Einstein en la cabeza. Y cómo había sido que un simple mortal hubiera desentrañado los confines del Universo y cómo y por qué se movían como se movían los elementos esenciales de la naturaleza. Ahora, robarse el cerebro del genio para averiguarlo, suena a chaleco de fuerza.
La de Harvey era una curiosidad natural, si se quiere y para hablar un poco en su imposible defensa. A Einstein no le dieron el Nobel de Física por su teoría de la relatividad porque el científico que tenía que juzgarla no la entendió. Y el jurado del Nobel, que tampoco debe haber entendido mucho, temió que esa teoría fuese errada. En líneas muy generales, Einstein dedujo un Universo en el que tiempo, espacio, masa, energía y luz eran casi una sola cosa. Pero mientras los primeros cuatro elementos eran elásticos, por así decirlo, mutables y hasta impredecibles, lo único constante era la velocidad de la luz. De allí su famosa fórmula expresada en un garabato simple y preciso:
E=MC2
La energía de un cuerpo en reposo, E, es igual a su masa, M, multiplicada por la velocidad de la luz, C, al cuadrado. Einstein incorporó sus teorías físicas al estudio del origen y evolución del Universo, sobre la producción, transformación y velocidad de la luz, y sobre los misterios más inquietantes del cosmos: cómo es que mueren las estrellas, qué son y qué sucede con los agujeros negros. Varias de sus teorías recién pudieron ser probadas ya entrados los años 80 del siglo pasado, cuando los adelantos técnicos permitieron, por ejemplo, lanzar el telescopio espacial Hubble, capaz de medir lo que el genio había medido en su cabeza, o con las últimas fotografías de los agujeros negros captadas en 2019.
FUENTE INFOBAE