3 - abril - 2019

No es pobreza, es exclusión social

El INDEC nos ha informado sobre la evolución de la pobreza en los últimos meses, señalando que los pobres e indigentes alcanzan al 32% de la población de los 31 principales aglomerados urbanos del país. Destaquemos que hay una gran desigualdad entre las provincias, ya que en Corrientes la pobreza afecta a casi la mitad de la población (49,3%), mientras que en CABA esta proporción se reduce sustancialmente al 12,6%. Cuando se cruza la General Paz la pobreza trepa considerablemente ya que llega al 35,9%, magnitud mayor al promedio nacional y nada menos que el triple de la imperante en CABA.

Es importante destacar que son grandes las diferencias que se registran en la pobreza según los niveles de edad. Entre los mayores a los 65 años la pobreza afecta al 8,4% de esta población pero entre los menores a los 14 años de edad la pobreza crece exponencialmente, ya que llega a casi la mitad de esta población de niños y niñas (46,8%). Estamos en presencia de una preocupante extensión de la pobreza entre nuestros niños menores, ya que en este grupo etario la pobreza es casi 6 veces mayor a la imperante entre los mayores de 65 años de edad. Si prestamos atención a la edad de los pobres debe concitar nuestra preocupación el hecho que la pobreza se concentre entre los niños menores de 14 años de edad, ya que cada dos niños casi uno es pobre. De cada 100 pobres nada menos que la tercera parte son niños. Esta es la tenaza de la exclusión social que compromete nuestro futuro.

Según el Barómetro Social de la UCA, en los últimos años la pobreza afectaba a la tercera parte de las familias, pero esta proporción descendía a 18% entre quienes habían completado la escuela secundaria, mientras trepaba al 47% entre quienes no la habían completado. La pobreza afecta principalmente a quienes no pudieron avanzar más allá de la escuela primaria.

Un buen sistema escolar asegura altos niveles de conocimientos a sus alumnos, pero no se puede agotar en esto, sino que además debe apuntar a eliminar aquellas desigualdades en los niveles de conocimientos de los alumnos que dependen esencialmente del nivel socioeconómico de sus familias. La tarea no es fácil, ya que todos sabemos que la pobreza y la indigencia se concentran en quienes tienen una escasa escolarización.

Nuestros pobres hoy son más que pobres transitorios, ya que en muchos casos son familias enteras, que por más de una generación han estado excluidas del nuevo y difícil mundo del trabajo de este siglo. Cuando la pobreza es coyuntural, si se pueden encontrar soluciones de corto plazo con planes sociales, pero cuando la pobreza es estructural como la que padecemos, son necesarias otras líneas de acción que apunten directamente a la raíz del flagelo de la pobreza con exclusión social.

La propuesta superadora se centra en la educación, ya que de la pobreza no se sale con subsidios, que son útiles pero no alcanzan, el requisito mínimo es la escolarización completa de los adolescentes. En este siglo la graduación secundaria es imprescindible para poder acceder a buenos empleos. La escuela secundaria es esencial para que los jóvenes adquieran las competencias que les ofrezcan posibilidades de insertarse en el nuevo mundo laboral, caracterizado por acelerados avances tecnológicos.

Si queremos que los jóvenes humildes tengan las mismas oportunidades que tienen los jóvenes de familias de niveles socioeconómicos más altos, para acceder a buenos empleos futuros, la escuela secundaria debe ser no solo inclusiva sino también de una calidad educativa que no dependa del nivel socioeconómico de las familias. Pero hoy nuestra escuela secundaria no es inclusiva ni de calidad. El bajo nivel educativo es hoy un pasaporte directo al desempleo y la pobreza, ya que entre aquellos que no concluyeron la secundaria la pobreza es mayor a la pobreza de quienes concluyeron sus estudios secundarios.

Hoy existe una enorme desigualdad en la graduación secundaria entre las escuelas estatales y privadas. De cada 100 niños que ingresaron a primer grado en una escuela privada en nuestro país en 2005, se registraron 68 graduados secundarios en el 2016, pero esta proporción colapsa a apenas 32 en las escuelas estatales. En CABA, con el nivel de ingreso por habitante más alto del país, la desigualdad es bien notoria, ya que en primer grado en las escuelas estatales había un 30% más de alumnos que en las privadas en el 2004, sin embargo la graduación secundaria en las privadas en el 2015 era 57% mayor a la graduación estatal. Es evidente que estamos en presencia de un sistema escolar con dos niveles distintos y separados.

El principio básico de la justicia social es la vigencia de la igualdad de oportunidades para todos, más allá de las diferencias de origen económico, étnico, social o de género. Si aceptamos que la graduación secundaria de nuestros jóvenes dependa primordialmente del nivel socioeconómico de las familias, estaremos pasivamente aceptando, como expresa el papa Francisco, el descarte futuro de los jóvenes humildes.

Nuestros adultos que hoy son pobres y excluidos no terminaron ayer la escuela secundaria, pero debemos lograr que mañana sus hijos se gradúen en escuelas secundarias de buen nivel educativo. Así podremos quebrar este círculo nefasto de la reproducción intergeneracional de la pobreza.

Fuente: Portal Ambito.