7 - septiembre - 2020

Doble crimen narco: ya pidieron el juicio oral para los seis acusados

 
El fiscal federal Fernando Gélvez consideró acreditado quiénes planificaron y ejecutaron los asesinatos de Federico Lomeña y Héctor López, cuyos cadáveres aparecieron enterrados. Una deuda de 4 kilos de droga, la clave de los homicidios. Detalles del pedido de elevación para las audiencias.
 
A Nicolás Cerrudo le habían robado 4 kilos de marihuana para vender en Puerto Madryn, valuados en $ 230.000. Federico Lomeña y Héctor Nehemías “Bastian” López lo amenazaron fuerte para que pagara esa carga, llegada desde Mendoza para distribuir en la ciudad del Golfo. Es que ambos eran quienes debían rendir cuentas por la droga.
 
La presión fue tanta que Cerrudo reclutó a su grupo íntimo para ejecutar a ambos antes de que algo le pasara a él. “Eran ellos o yo”, dijo, como consta en la causa. El plan criminal se cumplió pero dejaron demasiados rastros. Cerrudo terminó ahorcado con un mensaje sugerente. 
 
Es la hipótesis del fiscal federal de Rawson, Fernando Gélvez, que ya elevó el pedido de juicio oral y público para Genaro Carrizo Artiles, Nicolás Valencia, Nalib Zajur, B.B. y Aaron Agustín Sepúlveda por el homicidio de Lomeña, doblemente agravado por la premeditación de dos o más personas, el 6 de diciembre de 2018, en Puerto Madryn.
 
B., Sepúlveda y Giulio Giancarlo De Cecco tienen la misma imputación pero por el crimen de López, el 10 de diciembre de ese año.
 
Según la hipótesis de la acusación, el 6 de diciembre, cerca de las 15, en la casa de la abuela de Cerrudo, Berwin al 200, se reunieron Sepúlveda, Valencia, Carrizo Artiles, Zajur y B., conspirados para asesinar a Lomeña.
 
Lo llamaron y tras discutir por la deuda por venta de droga, lo golpearon y le asestaron al menos 20 puñaladas con dos cuchillos en todo el cuerpo. Lo mató un puntazo en el corazón. Con una remera le rodearon y le quebraron el cuello. “Le provocaron un sufrimiento extraordinario y no necesario”, explicó el fiscal en su elevación.
 
Habrían metido el cuerpo dentro de un mueble de madera de la vivienda. Lo cubrieron con una frazada y lo llevaron en un Renault Clío a Playa Paraná. El vehículo era de un testigo reservado que había recibido un mensaje de Cerrudo: “Necesito que me hagas un favor, te doy churro”. Decía que era enterrar droga porque de lo contrario lo iban a matar. El testigo se negó pero Cerrudo en el asiento de atrás sacó un arma: “Llevame porque me van a matar y a mí no me importa hacerte daño”.
 
Bajaron el mueble entre dos, con mucho esfuerzo. Era muy pesado y salía un fuerte “olor a mierda”. Bajaron dos palas y una bolsa de residuos de nylon negra para envolverlo. Lo enterraron con cemento y cal para acelerar la descomposición. Lomeña fue encontrado el 18 de diciembre cerca de la ruta, envuelto en la bolsa. Se encontraron trozos de madera.
 
Cuatro días después, el 10 de diciembre, en la misma casa de Berwin, pasadas las 23 se reunieron B., Cerrudo, Sepúlveda y De Cecco. Llamaron a López. Hubo una previa de TV, cerveza y porros.
 
Discutieron por la deuda. Lo atacaron y le quebraron el cuello con una manguera. Lo golpearon en la cabeza con un fierro y le mutilaron ambas manos. Ese hierro fue hallado en el patio de la casa. Lo mató una puñalada en el corazón. Agonizó.
 
Lo desvistieron, lo bañaron y lo envolvieron en una frazada. Estuvo tirado en la ducha hasta que pudieran sacarlo del barrio sin llamar la atención. Cerrudo pidió comprar lavandina para borrar rastros del piso de la cocina.
 
Estacionaron el Volkswagen Vento de la víctima en la puerta de la casa. Según la acusación fiscal, vaciaron el baúl: había ropa, una campera de mujer y un monopatín de nena.
 
Envolvieron al cuerpo con una sábana y luego en otra de nylon. Lo midieron con una sábana de cabeza a pie. Pero no entraba. Quebraron su cuerpo, lo doblaron y lo ataron de pies a cabeza.
 
Cargaron al auto las bolsas de cal, palas, cemento y la ropa. En el camino frenaron en el basural: en la pantalla del auto un celular se conectaba por Bluetooth. Todos lo tenían apagado. Sugestionado, Cerrudo le disparó al celular de López.
 
Lo enterraron en el Parque Ecológico El Doradillo. Limpiaron el coche con pedazos de sábana embebidas de nafta y abandonaron el vehículo con la batería desconectada. El cuerpo quedó en otra punta, debajo de un árbol cerca de una laguna seca, con un arbusto encima. Era madrugada.
 
Fue hallado el 17 de diciembre. Como Lomeña, estaba en estado de descomposición por la cal y al cemento. Ambos habían ido a la casa de Berwin creyendo que les iban a pagar.
 
Rol central
 
Según Gélvez, el rol central de ambos operativos lo tuvo Cerrudo. Eligió días, lugar, ayudantes y estrategia para intentar quedar impune. Todo el grupo está vinculado estrechamente por “amistad, conocimiento y comunidad de intereses”. El factor común que los reunía en lugares públicos era la droga. “Cerrudo recurrió a ellos solicitando el auxilio y la participación en los hechos que estaba decidido a cometer. Aceptaron, consintieron, y de manera libre respondieron afirmativamente”. Ninguno actuó amenazado, pese a sus excusas.
 
El joven organizó la logística y acordó llevar los cadáveres fuera del casco urbano para que no fueran hallados. “Fue una completa planificación, con la debida concertación de voluntades que se unieron”.
 
La deuda de Cerrudo involucraba al resto, explicó Gélvez. Según la pericia de su celular Motorola, Cerrudo se comunicó con Zajur desde el 6 de diciembre (crimen de Lomeña), 8, 9 y 10 del mismo mes (cuando mataron a López). Le pidió bolsas de cal o de material.
 
Según su WhatsApp, un tal “Ale” le dice: “No sé man es matar a alguien, es una pregunta re jugada”, a lo que contesta Cerrudo: “Mal”. “Ale” le pregunta: “Cuándo tenés pensado hacerlo”; responde Cerrudo: “En una hora…Hora y media”. El tal “Ale” le pregunta si tiene “fierro o algo”.
 
El resto del chat se eliminó. Los mensajes fueron el 5 de diciembre y la “hora u hora y media” coincidiría con el 6 de diciembre.
 
No era posible que una sola persona completara ambos operativos por su cuenta. Y la cantidad de lesiones muestran la crueldad, innecesaria si sólo querían matarlos. “Se buscó el sufrimiento y agonía de las víctimas”, concluyó el fiscal en su elevación. 
 
“Les voy a decirla verdad”
 
Nalib Zajur conocía a Nicolás Cerrudo por patinar y juntarse a “boludear” con cervezas y porros en la rambla, en cervecerías y en el patinódromo II. El grupo llegó a tener 50 personas. “Nicolás cuando se enojaba se enojaba feo. No sabría afirmar si era capaz de cumplir con sus amenazas, por su cara no se sabía con qué podía salir”, dice la acusación.
 
El 4 de diciembre Cerrudo le escribió. Estaba por llegar su “tranza” con una carga de diez kilos de droga. Le pidió a Zajur que le avise a su papá (policía retirado) para organizar un procedimiento. Le daría los detalles sobre la marcha desde casa de su abuela. “La idea era agarrar a toda la banda junta”.
 
El día era el 6 de diciembre. La División Drogas vigiló la casa. Vieron el Palio Negro de “El Mendocino” Campos Sosa merodeando. A las 14 salieron dos jóvenes con una actitud que llamó la atención policial: se movían rápido y observaban hacia todos lados. Una hora se sumaron otros dos jóvenes. “Estaban como perseguidos, en constante alerta”. Estaban sucios de sangre.
 
Policía le mostró el material a Genaro Carrizo Artiles. Fue espontáneo: “Les voy a decir la verdad, a Federico Lomeña lo matamos nosotros, el cuerpo está enterrado en Playa Paraná”. La filmación mostraba a Valencia y a Sepúlveda.
 
“Es el último trabajo que tenemos y ya está”
 
Ante la Brigada de Investigaciones, Genaro Carrizo Artiles contó que convivía con Nicolás Cerrudo en casa de su abuela, sobre pasaje Berwin. Sostuvo que su amigo había entrado en el “negocio” de vender droga y que en realidad, la deuda por perder 4 kilos era suya. Héctor López y Federico Lomeña lo presionaron. “Bastian” lo buscó en su coche y sacó un revólver. “Le dijo que tranquilamente podía matarlo y era mejor que pagaran. Él no iba a hacer nada, pero si venía alguien de Mendoza le iba a decir quiénes eran”.
 
Cerrudo estaba desesperado por conseguir la plata y a Artiles le pidió mudarse. Era peligroso que estuvieran juntos y la abuela le habría recriminado que le faltaban blusas, sábanas y frazadas. Eran las halladas en El Doradillo.
 
Artiles declaró que días antes, Cerrudo le había pedido a Aaron “Papota” Sepúlveda que le comprara un bidón de nafta en la YPF de Gales y Juan B. Justo. Se usó para limpiar el techo, el baúl, el torpedo y los asientos.
 
Los bidones los encontró su abuela en la basura en el patio. En esa casa, un equipo de luz UV encontró manchas de sangre, telas sucias, un hierro, una manguera azul e indicios de que se procuró limpiar todo el lugar. La mujer notó que le faltaban toallas, sábanas, frazadas, la colcha del perro y una alfombra. En la basura del patio, una bolsa vacía de cemento, bidones con olor a nafta y trapos con sangre.
 
Se arrepintió
 
Luego Carrizo Artiles intentó desmentir su primera declaración en la Brigada: “Soy inocente y declaré bajo presión, Cerrudo me dijo que no diga nada porque había personas pesadas como policías y políticos, que no era joda, que se iban a enterar e iban a matar a mi familia, que por seguridad se fue de Madryn. Me pidió que diga algunas cosas para tapar algo más grande, que esto no era chiste, que no diga nada sobre lo que él había hecho con Lomeña y López”.
 
Sin embargo, toda su primera confesión ya estaba corroborada con la investigación: había participado con Cerrudo y la filmación policial lo comprometía.
 
Para el fiscal Gélvez, su desmentida “es una hipótesis incomprobable y alejada de toda realidad, limitándose a echar toda la responsabilidad a quien ya está muerto y elaborar una suerte de entramado oscuro y poderoso de `gente más pesada´, historia alejada de todo sentido”.
 
Artiles sabía que Cerrudo estaba endeudado con los muertos y estaba en “situaciones límite”. Según contó Giulio De Cecco, en la celda de Fiscalía de Tribunales le preguntó a Carrizo: “Me dijo que con Cerrudo habían matado a Lomeña. Que sus cortaduras no eran de un robo, entonces me dijo la verdad, que era porque Federico se había defendido.”
 
Otros dos testigos de identidad reservada señalaron que cuando B. dejó el velatorio de Cerrudo, el 12 de diciembre, les contó que “boletearon a dos” y que habían “descartado” el Vento de López en El Doradillo, entre otros detalles, como el celular con dos tiros.
 
El joven negó todo: el cuchillo y la rejilla con sangre hallados en su casa eran de la cena de la noche anterior. Y las sábanas -dijo- eran de su hermano, que tenía problemas de sangrado en la nariz.
 
Sin embargo, para el fiscal lo que contaron esos dos testigos sólo pudieron oírlo de alguien que hubiera participado en los crímenes: eran indicaciones precisas y datos reales y coincidentes que sólo un protagonista pudo saber.
 
Todos intentaron mostrarse amenazados por Cerrudo para justificar que habían participado “de manera involuntaria”. Según el fiscal, la estrategia fue “centrar toda la responsabilidad en quien ya no está, y a la vez colocarse en una suerte de víctima del supuesto amedrentamiento”.
 
El día de la muerte de López, por WhatsApp Cerrudo le pidió a Sepúlveda bolsas de cal y cemento. Y que vaya a casa de la casa de la abuela a las 17.30: “Es el último trabajo que tenemos que hacer y ya está”. Sepúlveda responde: “Oka dalee”. #
 
“Esto nos pasa por jugar con fuego”
 
Aunque fue el primer crimen, primero se denunció la desaparición de Héctor López, el 11 de diciembre. Faltaba de su casa desde el día anterior a las 22.30. Su pareja declaró que esa noche mientras preparaba la cena, López le dijo que iba en el Vento a buscar un lavarropas a lo de “Maxi” Cerrudo. No supo más.
 
Ese mismo 11 de diciembre fue entrevistada la “madre de crianza”. Reveló que su hijo aparecía con plata o con cosas caras. Para ella “andaba metido en la droga”.
 
Nicolás Cerrudo declaró para vender una versión distinta: López y federico Lomeña eran amigos íntimos y tenían una deuda con Humberto Marcelo “El Mendocino” Campos Sosa, que traía la droga del norte. Eran ellos los que habían perdido 4 kilos en panes de marihuana. Habían juntado la plata para escapar a Buenos Aires ya que era inminente que “Marcelo” llegara a la ciudad del Golfo. Lo describió como de entre unos 50 y 60 años, canoso, morocho, siempre de chomba, 1,70. La droga la enterraban en el terreno de la casa de Lomeña. Como no tenía antecedentes, se movía tranquilo en un Fiat Palio Negro.
 
Pero el 12 de diciembre, en el Parque Ecológico familiares de López encontraron ropa, una lona con sangre; bolsas vacía de cal y cemento, frazadas, guantes, un cuchillo carnicero, una manguera azul, un Iphone con dos tiros en la pantalla y la alfombra del Vento. El caso ya no era una fuga de dos sino un ajuste de cuentas.
 
A horas de su declaración, Cerrudo se ahorcó. Dejó una carta de despedida de su familia. Pedía perdón y explicaba: “Esto nos pasa por jugar con fuego”. El plural indicaba que estaba involucrado en las muertes. 
 

Por Rolando Tobarez Fte: Diario Jornada