24 - marzo - 2017

Crónica de una madrugada de terror: cómo fue el Golpe de Estado en Chubut

A las 3,30 de la mañana del 24 de marzo, los pocos que estaban despiertos en la provincia del Chubut comprobaron, a través de la radio, que lo que se venía pronosticando desde hacía varias semanas era cierto. Las Fuerzas Armadas habían derrocado al gobierno de Isabel Perón.

Una hora y media después, alrededor de las 5 de la mañana, fuerzas combinadas del Ejército y de la Marina, encabezadas por el jefe del Distrito Militar de Trelew, el mayor Carlos Alberto Barbot, y el jefe de la Base Almirante Zar, Alex Nelson Richmond, irrumpieron en la Casa de Gobierno de una manera más que elocuente: patearon la puerta del frente hasta que la cerradura cedió. A esa hora no fue muy difícil controlar el edificio, y rápidamente organizaron la Sala de Situación para la jura del nuevo interventor.

A las 6,35 de la mañana, el coronel Rafael Benjamín De Piano extendió rígido su brazo derecho para jurar por Dios y la Patria -ante el escribano general de gobierno, Francisco Miguel Gómez-, como interventor militar de la provincia.

Las crónicas de la época destacaron una situación curiosa de esa madrugada: entre los militares que aplaudieron la asunción del coronel De Piano había un civil: era el secretario privado del gobernador democrático, Néstor González.

El interventor militar de Chubut era un porteño que había nacido un 5 de marzo de 1926. Había ingresado al Colegio Militar en febrero del 45, ocho meses antes de que el coronel Perón entrara en la historia argentina.

De Piano egresó como subteniente de Artillería, y tras un paso por el Regimiento Nº 2 de Artillería con asiento en Azul, en la provincia de Buenos Aires, y por la Escuela Superior de Guerra, obtuvo el título de Oficial de Estado Mayor.

El 31 de diciembre de 1972 ascendió a coronel -ya era considerado un especialista en Blindados- y cuatro años después, cuando le avisaron que tenía que hacerse cargo del gobierno de facto de la provincia, se desempeñaba como segundo Comandante de la IX Brigada de Infantería con asiento en Comodoro Rivadavia. Estaba casado y tenía dos hijas.
 
Derrocado y encerrado
 
A media mañana, el depuesto gobernador Fernández abrió la puerta de la residencia oficial y caminó hasta su despacho. Antes, fue identificado en la calle como todos y cada uno de los civiles que se acercaban a la Casa de Gobierno.

Cuando llegó al que había sido su despacho, la puerta se abrió y del otro lado del escritorio -el que solía ocupar él- estaba tirado para atrás el coronel De Piano. El diálogo –dicen- fue mínimo. Fernández sólo pidió retirar algunos efectos personales, volvió a la residencia cabizbajo y se encerró allí el resto del día.

La capital de la provincia estaba absolutamente militarizada y cruzar el puente de acceso o salida de la ciudad era una odisea, porque el Ejército y la Policía Federal paraban -durante diez minutos o más- a cuanto auto circulaba por él, con el afán de identificar personas.

Antes del mediodía, todos los locales partidarios de la provincia habían sido clausurados, como así también las sedes de los sindicatos. En Trelew -publicó Jornada en un pequeño recuadro- “fuentes no oficiales indicaron que se habrían producido algunas detenciones de personas como consecuencia de operaciones realizadas con ese fin”. Pero no hubo más detalles, ni ese día ni ningún otro. Ya no se podía escribir lo que estaba sucediendo sin sufrir algún tipo de represalias de la intervención militar, y con el correr de los días todo sería peor aún.

La primera reunión importante que el interventor militar de Chubut mantuvo con grupos civiles ocurrió el viernes 26 de marzo. Los citados a una reunión en la Casa de Gobierno fueron una cincuentena de industriales, empresarios y comerciantes de la zona del Valle y Comodoro.

Muchos de ellos fueron gustosos a escuchar las palabras de De Piano, y las charlas informales y las carcajadas se oían a varias oficinas de distancia. Sin embargo, De Piano los recibió con una soberbia que calmó los ánimos de los presentes: “La honradez, a poco que continuara esta situación, iba a terminar siendo una virtud de idiotas”, les dijo con tono firme como para abrir el fuego. El militar estaba enojado con muchos de los presentes porque entendía que la confusión política previa al golpe había causado una mezquina especulación de precios.

“Voy a ser inflexible con los especuladores”, gritó. Y ya en un tono un poco más conciliador, les dijo a los empresarios y comerciantes: “Si los problemas del país no los resolvemos entre todos, vamos a terminar usando una bandera roja”.
Fue el comienzo de un régimen militar que ya empezaba a mostrar sus uñas, pero que todavía se guardaba para los chubutenses su peor cara.